Oposición necesaria

Especial
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   La parálisis en la toma de decisiones gubernamentales
–algunos le llaman oclocracia–
es un tema frecuente en el mundo.

                Luis Rubio

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Hay dos ideas en las reflexiones sobre política: 1) Dime qué clase de oposición tienes y te diré la calidad de tu democracia y 2) También desde la oposición se gobierna.

En México nunca hemos tenido una relación madura, sensata y honesta entre oposición y gobierno. O se coopta y domestica a los contrarios desde el poder o se les reprime y se ignoran sus planteamientos. Hubo un breve periodo con cierta coordinación, el del llamado PRIAN. Y según nuestros usos y costumbres, fue vilipendiado y condenado como algo obsceno y pecaminoso.

Hoy, ante lo que se percibe como la crisis más grave y profunda de los tiempos recientes, una exigencia emerge con toda su crudeza: la necesidad de consolidar una amplia oposición en torno a un principio elemental, evitar un mal mayor. No se trata de unir corrientes dispersas para distribuirse los cargos de elección popular, sino de conformar una resistencia a un poder desbocado que atenta contra instituciones, que no respeta la ley. Con ello, México va nuevamente a una situación de desorden y retroceso solamente comparable a los momentos más difíciles de nuestra historia.

El compromiso es darle preeminencia al interés nacional, esclarecer los conceptos básicos de nuestro sistema jurídico, desde los derechos humanos hasta la fortaleza económica para insertarnos competitivamente en un mundo globalizado. Ante la ausencia de ideas de un gobierno rebasado por los hechos, urge demostrar que se puede hacer política de manera diferente, recogiendo lo mejor de nuestro pasado y asumiendo los retos de nuestro tiempo. Una política que sea cultura, como la entendía Samuel Ramos, en su hoy vigente planteamiento: “Es una función del espíritu a humanizar la realidad”.

El PAN tuvo una tradición digna como partido de oposición. Uno de sus fundadores, Miguel Estrada Iturbide, la definió con claridad: “Se trata, fundamentalmente, de condenar un estilo de política, de señalar las lacras, las deserciones, los errores de la autoridad, de eso se trata, efectivamente, pero de algo más que la simple condenación y crítica (…) se trata, y de eso queremos que el pueblo tome conciencia, de que todas esas lacras y esos vicios tienen remedio (…) el que el pueblo mismo debe y va a poner (…) tenemos fe en los valores superiores, por eso tenemos fe en el pueblo de México (…) pedimos que todo hombre tome conciencia de su categoría humana”.

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Por apostar al cambio gradual, paulatino, civilizado, el PAN fue severamente criticado. Sin embargo, el tiempo le dio la razón. Las reformas alcanzadas por consenso permitieron la transición democrática. Dos dirigentes destacan por su valor para sentarse con el gobierno y alcanzar acuerdos: Adolfo Christlieb Ibarrola y Luis H. Álvarez. En sus gestiones están los gérmenes del cambio.

Cuando concluya la situación de emergencia actual vendrá el inicio de una gran ebullición política que requerirá ser bien encauzada. Mario Benedetti escribe: “El político profesional, aunque todavía conserva el poder, ha perdido el papel de orientador”.

El próximo año contenderán siete partidos con registro. Sería ideal que se conformaran dos frentes. El del retroceso: Morena, PT y PVEM y el de vanguardia: PAN, PRD, PRI y MC. Si los otros alcanzan el registro, contenderán sin la posibilidad de hacer alianzas, difícilmente serán una opción competitiva.

El desafío es inmenso. Los partidos del gobierno van con todo, lo legal y lo ilegal. La ventaja del frente opositor son las ideas, exponerlas con contundencia es la tarea evitando divisiones. Son tiempos de magnanimidad y generosidad.

Lo prioritario es mejorar el poder que desempeña el papel de ser el umbral entre el Estado y la sociedad: el Poder Legislativo en el cual hay de todo hoy, menos lo que debería haber: debate, confrontación de argumentos, enfrentar hechos y la forma de cambiarlos. Ahí está el arranque.