El poder presidencial

Especial
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     Lo sencillo es aquello que permite
comprender lo profundo.

                Rosario Castellanos

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¿Cómo debemos, objetivamente, evaluar el desempeño de un gobierno? Propongo tres parámetros fundamentales: uso de la violencia legal, manejo de los recursos públicos y crecimiento económico acompañado por el poder adquisitivo de la población.

Aplicados a los gobiernos del pasado siglo, tenemos dos presidentes que fueron mesurados en utilizar la fuerza pública y, por lo tanto, hubo menos víctimas por la represión. Resisten, con saldos a favor, la afirmación de un manejo honesto de los recursos públicos con incrementos notables del PIB, tanto nacional como per cápita: Manuel Ávila Camacho y Adolfo Ruiz Cortines.

El primero, de modo terso, corrigió la política cardenista, se reconcilió con empresarios e iglesias, terminó la educación socialista, disminuyó el reparto agrario, mejoró las finanzas públicas y unificó a la clase política. La economía además se vio favorecida con nuestro poderoso vecino en guerra.

El segundo, un burócrata autodidacta y autoritario, un provinciano que ascendió lentamente hasta asumir la presidencia, le devolvió autoridad a las instituciones, resolvió los conflictos mediante una excelente operación política, puso las bases del desarrollo estabilizador y en su gobierno hubo orden.

Los dos fueron parcos en sus promesas y, como hablaron poco, se recuerda lo que dijeron. Con toda mesura enunciaron los principios que orientarían sus gobiernos y al final, con congruencia, dieron buenos resultados.

No fueron demócratas. Ávila Camacho llegó a decir que el pueblo de México quería comer, no votar y don Adolfo, aunque no lo utilizó formalmente, en la práctica sí operó de manera rigurosa el famoso “sobre lacrado” para transmitir la consigna en las designaciones a cargos de elección. Los dos gobernaron entendiendo bien los reclamos de su tiempo.

Brinquemos a nuestros tiempos. Muchos le atribuyen a Andrés Manuel López Obrador preparación e inteligencia. En cuanto a la primera, su pensamiento siempre me ha parecido muy primitivo. En relación a la segunda, la primera prueba de un hombre inteligente es obtener los resultados que se propone.

Sin duda, López Obrador fue inteligente para alcanzar su ambición de ser presidente. En el cargo se propuso ser como Juárez, Madero y Cárdenas. Sin embargo, a 17 meses de haber asumido el cargo y por las proyecciones para todo su periodo, creo que su gobierno fracasará y que la historia lo reprobará.

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Pero, ¿y si en realidad su voluntad no es la de beneficiar al pueblo de México, sino causarle, por resentimiento (algo incurable), un inminente daño como ningún otro presidente? En este caso no dudo en calificarlo de genio. Todas sus decisiones y los colaboradores que lo acompañan coinciden en ese fin. Esto sí nos permite explicarnos, desde el inicio, sus obcecaciones, su cerrazón, su desprecio por quienes no coincidimos con él y su negación a ceder, siquiera un ápice, en sus inexplicables propósitos.

Asombra el afán de agredir, la imposibilidad del acuerdo, la imposición de sus dictados, la nula operación política y, lo más grave, la manera burlona con que trata a sus adversarios, reales o supuestos.

En contraste con los personajes mencionados y en momentos tan críticos, López Obrador no asume los deberes de la institución presidencial.

No coincido con quienes hablan de una oposición gris o inexistente. Nunca en mis 50 años de vida política había visto una actitud tan despierta y participativa de la ciudadanía dispuesta a una gran alianza venciendo barreras ideológicas o partidistas. Desde luego, hay que articularla para lo cual se debe partir de tres postulados indispensables: 1) la política es un asunto de ideas, nuestro problema es una paupérrima cultura política; 2) el divorcio ciudadanía/política impulsa al populismo; 3) sólo conozco soluciones de carne y hueso, en otras palabras, líderes políticos con ética.

Eso para empezar.