Un programa de apoyo, no un Fobaproa

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Está claro que, al mismo tiempo que se ataca el COVID-19 y sus secuelas sanitarias y sociales, la otra amenaza que ya está entre nosotros es una crisis económica nacional y global que puede dejar más víctimas que la propia pandemia. Evitar que la crisis destruya millones de fuentes de empleo, empresas y economías es lo que hoy, mientras luchan por la salud, está ocupando y preocupando a los distintos gobiernos del mundo.

Estados Unidos aprobó ayer un impresionante paquete de estímulos de dos billones (trillones en lectura anglosajona) de dólares, algo equivalente al 200% del presupuesto de México, para apoyar su economía, su gente y sus empresas.

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La mayor parte del paquete está orientado a apoyar a las personas, más que a las empresas: incluso se prohíbe que las empresas que se “rescaten” —incluyendo aerolíneas— puedan recomprar acciones u otorgar bonos a altos ejecutivos. También se prohíbe que estos fondos se utilicen para brindar apoyo a empresas donde estén involucrados el presidente, vicepresidente, altos mandos del gobierno y legisladores. De los dos billones de dólares, se entregarán en pago directo a personas y familias 250 mil millones de dólares. Otro tanto se destinará a seguros de desempleo. A los hospitales se destinarán 130 mil millones, a los gobiernos estatales 150 mil millones de dólares. Habrá créditos blandos, casi sin intereses, por 800 mil millones de dólares, a numerosos corporativos irán 500 mil millones, para que no quiebren se destinarán a las aerolíneas 50 mil millones, y el resto se distribuirá en numerosos sectores empresariales y corporativos para evitar también quiebras masivas.

Ni Estados Unidos ni países como Francia, España, Italia, Alemania o Canadá, entre muchos otros, tienen guardados bajo la cama esos recursos, son producto de financiamiento y, en muchas ocasiones, del endeudamiento de esos países. En todos los casos apoyan, con condiciones específicas, a las empresas, para protegerlas y cuidar los empleos. Todos estos programas tienen un componente fiscal, que impida que el pago de impuestos y servicios asfixie la economía de la gente y de las empresas.

En México vamos por otra ruta. El presidente López Obrador sigue insistiendo en que “no habrá ni un Fobaproa ni una condonación de impuestos”, sin entender que esta crisis es muy diferente a la de 1995, cuando se estableció el Fobaproa, incluso recordando que el Fobaproa sí salvó bancos, pero también los ahorros de todos quienes tenían sus recursos depositados en esos bancos que, de otra forma, hubieran ido a la quiebra. Pero lo cierto es que nadie está pidiendo hoy un Fobaproa ni una condonación de impuestos. Se pide, sí, un aplazamiento, por unos meses, de ciertos compromisos fiscales y se pide una política económica de emergencia que dé apoyo a la gente, a las empresas y salve empleos.

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No es la primera vez que ocurre: en 2009, con la crisis financiera y el H1N1, se hizo un gran programa de apoyo que no fue ni un Fobaproa ni condonó impuestos, pero que salvaron empresas y puestos de trabajo de una forma notable y mantuvo a flote la economía nacional. Hoy se podrían tomar muchas de las medidas que se adoptaron en la última gran crisis, la de 2008-2009.

¿Qué se hizo entonces? Lo recordábamos aquí el pasado 12 de marzo. En política fiscal se incrementó en más de un punto del PIB la inversión en infraestructura; se establecieron descuentos en pagos provisionales de ISR y en IETU y en cuotas patronales del IMSS. Se aceleró el gasto aprobado. Se congeló el precio de las gasolinas. Disminuyó el precio de la electricidad en la tarifa comercial e industrial y también del gas LP. Se incrementó el Programa de Empleo Temporal.

En política hacendaria se incrementó el financiamiento a la vivienda. Se flexibilizó el régimen de inversión de las siefores. Aumentó el financiamiento de la banca de desarrollo. Se permitió el acceso a su cuenta del Infonavit para aquellos que perdieron su empleo. Aumentó el beneficio por desempleo en la cuenta del SAR. Además, se bajaron las tasas de interés. Se aumentaron las coberturas cambiarias (como se ha hecho ahora) y se estableció una clara simplificación arancelaria.

Una política anticíclica acertada que no necesitó de un Fobaproa ni de condonar impuestos. Para este tipo de emergencias está el Estado, para dar esos apoyos e intervenir de esa forma en la economía. No hay neoliberalismo más crudo y duro que, en medio de una crisis, el Estado se desentienda de sus obligaciones y deje que las empresas y trabajadores queden a merced de un mercado inclemente.