El arte de gobernar

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Foto: La Otra Opinión

Desde luego que gobernar no es fácil, que requiere sensibilidad, entendimiento y razón, para poder conducir los esfuerzos en beneficio de las personas gobernadas. El gobernante necesita alta dosis de prudencia, conocimiento y experiencia que, junto a la responsabilidad y esfuerzos conjuntos, contribuya a mejorar las condiciones de vida de sus gobernados.

Ejemplos en la historia hay, teóricos y prácticos; el servicio a los demás en el ejercicio del poder y la aplicación de la ley, conlleva esa pasión de servir y no de servirse.

El gobierno en sus tres niveles, federal, estatal o municipal, junto a los otros dos poderes, legislativo y judicial, responde a las demandas legítimas de los gobernados y de sus tiempos; cuando se pierde esta brújula, por intereses aviesos, por la perversión de sus fines, por el abuso de los medios y recursos disponibles, por complicidades con la delincuencia, nos encontramos ante el abuso, el fraude y la tergiversación de un buen gobierno.

Los recursos de que dispone un gobierno están al servicio de los gobernados, el gobernante tiene la impronta de responder esas necesidades, intereses y deseos; cuando lo hace para servirse él, su grupo o sus intereses partidarios exclusivamente y deja de lado a los demás, se expone a la maledicencia y al escarnio, el daño que causa, muchas veces es irreparable.

Lo unilateral del multilateralismo

Hoy día la tarea de gobernar está vinculada a la atención de los temas de inseguridad, de salud, de educación, de asuntos meteorológicos o de desastres naturales, como los más inmediatos; todos ellos demandan una responsable planificación estratégica, una gran coordinación entre el gobierno y la sociedad, una búsqueda de respuestas a los problemas y ello con gran intención de servicio democrático.

Cuando observamos que el que gobierna roba, miente y se oculta bajo una política de avestruz, pensando que no pasa nada, merece el castigo que la ley establece y, desde luego, el repudio público de sus gobernados. El Fondem, es un caso icónico y lamentable en la historia de la protección civil. Un capricho del gobernante apoyado por una clase política irresponsable es el reiterado señalamiento de las ocurrencias y sus costos.

Los eventos trágicos que vemos, causan indignación, dolor, impotencia; más aún cuando pudo evitarse o prevenirse, cuando se pudo haber actuado con la responsabilidad del caso.

Así entonces, creer que es fácil gobernar, sobre todo para el que gobierna, es un golpe bajo al gobernado, pues el abuso del poder o la negligencia en su uso, dañan a la sociedad.

Los ejemplos que se han visto, tienen un registro histórico, los temblores, los socavones, los desvíos de recursos, las tapaderas de los delincuentes, la minimización de problemas, con la pretendida idea de que no dañen la imagen del gobernante, al paso del tiempo, los termina mostrando como delincuentes, como corruptos, que deben ser castigados.

El caso de Hernán Bermúdez Requena

Por ello, se pide que el que aspire a gobernar tenga ese saber político sensible, acumule experiencia, sepa para que no improvise y si no tiene estos atributos, que cuente con colaboradores que sepan, que no sean los compromisos de complicidad malsana.

El gobernado dice basta a los abusos del gobernado, a veces aguanta, resiste, porque no tiene de otra, pero sin duda, guarda el rencor de las tragedias, y cuando brotan generan problemas más complejos a la sociedad y el gobierno, que podrían haberse evitado.

Un gobernante ignorante, incapaz o incompetente, es una tragedia para la sociedad, cuesta demasiado el daño que provoca, tanto como la prostitución de instituciones, los abusos de sepultar lo que bien funciona, que realizado el daño causado, tarda mucho y alcanza a veces a muchas generaciones.

La trama del huachicol

Así, deseamos que haya buenos gobiernos, que el gobernado sepa elegir a sus gobernantes, y que evitemos los dolores y tragedias que la prostitución del poder genera.

Preparémonos para tomar decisiones informadas y estratégicas y si nos equivocamos, busquemos reparar daños, mejorando los procesos preventivos que eviten abusos, corrupción y negligencias.