SI LOS MUROS PUDIESEN CONTAR SU HISTORIA – DEBRE MARYAM 

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Aprovechando que es el Buen Fin, quiero compartir con ustedes la historia de Debre Maryam, que escribí en mi columna Si los Muros hablaran de la Revista Contenido. No sé por qué llevo semanas queriendo hacerlo. Por algo será, así que dejemos que dejemos pues que estos muros hablen… 

Me encuentro en una pequeña isla en el Lago Tana, en Etiopía, dónde surge el famoso Nilo Azul. Desde aquí, comienza su larga jornada a través de Sudán para unirse al Nilo Blanco y juntos, desembocar al Mediterráneo.  Me enorgullece mi ubicación, lo confieso. Después de todo, el Río Nilo es sinónimo de historia y vida. Sus aguas evocan a Makeda, Reina de Saba, el legendario emperador Ramses II o la hermosa Cleopatra. El lago Tana, por su parte, que es el mayor que tiene Etiopía, entre sus aguas guarda los misterios del Arca de la Alianza y las historias de su paso por estos lares. 

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El Lago Tana está ubicado en la región de Amhara, tiene 37 islas, muchas de ellas con monasterios que siguen antiguas costumbres. Yo soy el monasterio de Debre Maryam y me encuentro en una de ellas. Visitarme es una aventura. Hay que tomar una embarcación colectiva desde Bahir Dar; dejar que su movimiento te adormezca y el paisaje te hipnotice, hasta llegar a mi muelle. Ah, pero si eres un poco más aventurero, puedes tomar una tankwas, o balsas de rafia que hemos usado los etíopes durante miles de años. Sí señor, Etiopía conocida en otros tiempos como Absinia, o Saba, tiene milenios de historia y un sin fin de leyendas. 

A mi me construyó el buen Abuna Tadewos Tsalelesh, durante el reino de Amda Tsion en el siglo XIV. Un “Abuna” es un patriarca de la Iglesia Ortodoxa etíope y quiere decir “padre” en amárico, lenguaje que hablamos aquí en el centro y norte de Etiopía, descendiente del antiguo ge’ez, idioma en el que están escritos nuestros libros sagrados. A diferencia de otros monasterios hermanos como Dega Estephanos, Kibran Gabriel o Tana Kirkos, que se encuentran en otras islas del lago, yo sí permito la entrada a mujeres y no soy de difícil acceso. 

Al descender de la embarcación sólo hay que hacer un pequeño recorrido para adentrarse en la isla y llegar a dónde me encuentro. No irán solos. Los acompañará el canto de los pájaros, mientras los envuelve un aroma dulce de higos, mangos y café. Los sacerdotes que aquí residen son muy amables con los visitantes y están siempre dispuestos a enseñar los hermosos manuscritos, que resguardan mis muros, realizados en piel de cabra. También les gusta dar explicaciones sobre nuestros murales con la Virgen María y San Jorge, siempre en los sitios de honor. Temo decir que poco queda de mis muros originales. El tiempo fue cruel con ellos y estaba en ruinas. Sólo el interior del templo permanecía en pié. Afortunadamente, el siglo pasado, el buen Emperador Tewodros tomó la decisión de reconstruirme. 

Tewodros, como la mayoría de los emperadores etíopes, era un hombre devoto. Después de todo, Etiopía, fue uno de los primeros países que adoptaron oficialmente la religión católica en el siglo IV, bajo el reinado de Ezana. Fue el propio Ezana quien llevó el Arca de la Alianza a la Iglesia de Santa Maria de Sión en Axum, después de estar a buen resguardo en el monasterio de Tana Kirkos, durante ochocientos años. Ezana siempre consideró que Axum, su tierra natal era la Jerusalén de Etiopía  ¿Y como llegó a el Arca de la Alianza a estos lugares? se preguntarán. Cuando Makeda, Reina Saba, visitó al Rey Salomón en Jerusalem, quedó embarazada de su hijo Menelik, nuestro primer emperador. Con el tiempo, Menelik volvió a Jerusalén para estudiar bajo la supervisión de su padre y cuando regresó, trajo consigo el Arca de la Alianza depositándola primero en la Isla Elefantina en el Nilo y luego en Tana Kirkos. El Arca está íntimamente ligada a nuestras creencias. En cada una de las 20,000 iglesias de mi país, resguardamos en el Santo Sanctorum, una copia del Arca. Más que una cuestión de fe, podríamos decir que para nosotros es más bien cuestión de identidad. Por eso, los invito a visitarme y utilizar los ojos del alma, que les permitirán conocer nuestras leyendas y sumergirse en nuestra historia.