Secuestran a los pobres, expolian a la gente

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El comentario del presidente López Obrador sobre los secuestros, en el contexto de su gira por Veracruz, uno de los lugares donde más secuestros ha habido en los últimos años (con índices aparentemente a la baja en los últimos meses por la intervención militar), demuestra, con claridad, la profunda confusión existente en los más altos niveles de gobierno sobre los principales capítulos de la seguridad pública.

El Presidente utilizó un silogismo simplista sobre el tema: dijo que a los que secuestran es a los que tienen dinero, y que si hubiera una sociedad más igualitaria, entonces no habría secuestros. No tienen sentido y creo que es la consecuencia de improvisar desde el púlpito durante demasiadas horas. Pero, en el fondo, el pensamiento que prima en el primer mandatario en éste y otros temas es ése: la inseguridad es simplemente un derivado de la pobreza y la desigualdad. Se secuestra a los ricos porque tienen más dinero, la gente se involucra en el narcotráfico porque no tiene de qué vivir, la violencia es consecuencia de la acción del Estado contra los pobres. Por eso, con una sociedad igualitaria se acabarían los secuestros, el narcotráfico y la violencia. El problema es que ese pensamiento no se relaciona en absoluto con la realidad, más que en una convicción aspiracional.

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No es verdad que se secuestra sólo a los más ricos. La enorme mayoría de los secuestros, sobre todo en la nueva dinámica que estos han adquirido en los últimos años, son secuestros exprés, de pocas horas, con rescates relativamente bajos, para cobrar lo más rápidamente posible y evitar la persecución de las autoridades. Son secuestros que duran horas, que se realizan en una calle, en un taxi, en un taller o comercio o incluso en forma virtual. Suelen ser los que menos tienen, los que no tienen algún tipo de protección, los que más los sufren. Es parte de la dinámica de los grupos criminales que expolian a la sociedad cotidianamente: secuestran, roban, extorsionan a todos, ricos y pobres, pero se ensañan con los más indefensos.

Los criminales no se convierten en sicarios, secuestradores o narcotraficantes por ser pobres. Claro que la pobreza influye en la inseguridad, decir lo contrario sería absurdo, pero no podemos criminalizar la pobreza. Hay países con índices de pobreza muy altos que no tienen nuestros niveles de criminalidad y eso tampoco explica la razón por la que tantos criminales no provienen precisamente de la pobreza ni dejan sus actividades delincuenciales cuando reciben otros ingresos.

Por eso no hay demostración empírica alguna de que los apoyos que se dan desde el gobierno federal, útiles y necesarios, eso no se discute, influyen finalmente en la reducción de los índices de inseguridad y violencia. Lo vivimos cotidianamente. En todo caso, lo que sí influye es tener trabajos formales, con sus respectivas prestaciones y una educación de calidad y con expectativas de futuro. Un apoyo gubernamental no es un empleo, Sembrando Vida no ha creado 400 mil empleos, ha dado 400 mil apoyos a personas que no tienen empleo. La diferencia es enorme en términos de estabilidad y de perspectivas de futuro. El apoyo, aunque sea necesario, se torna una forma de dependencia, el trabajo formal dignifica y da autonomía. Haber perdido en semanas un millón de empleos formales es terrible en términos sociales, económicos y de seguridad.

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La violencia y la inseguridad tienen sus propias lógicas y dinámicas. Si se movieran simplemente por los índices de pobreza o desigualdad, el sur del país tendría que tener índices de violencia e inseguridad mucho más altos que el norte, Tapachula tendría que tener muchos más delitos que Nuevo Laredo. Y no es así. Esa vinculación directa no existe ni en el secuestro ni en ninguna de las principales actividades delincuenciales. E insistimos, es al revés: quienes menos tienen son los que más expuestos están a la inseguridad.

El error de la estrategia de seguridad es precisamente ése. No asumir las causas y dinámicas propias de la delincuencia que requieren estrategias específicas que no pasan por los deseos personales de pacificación o por el trabajo social, que, en todo caso, tardará años en comenzar a dar resultados, sino por estrategias muy concretas, que poco tienen que ver con la ideología o los partidos, sino con políticas y técnicas muy específicas. De la misma forma que no existe una ciencia neoliberal, tampoco existe una estrategia de seguridad neoliberal: existen estrategias buenas o malas, bien o mal aplicadas. Un ejemplo básico lo hemos dado mil veces: sin policías locales eficientes y homologadas nunca se podrá avanzar seriamente en la lucha contra la delincuencia, organizada o no.

Esperar a que desaparezca la pobreza para acabar con la inseguridad no sólo es una utopía, es también una forma de criminalizar la pobreza: nadie, por ser pobre, se convierte necesariamente en un criminal.