La peor crisis

Especial
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INEGI publicó ayer el dato del PIB al primer trimestre de 2020. Varios medios enfatizaron que la caída en ese trimestre fue un poco menor de lo que el dato oportuno había apuntado hace un mes, pero no consideraron que la información de 2019 se corrigió. Así, el año pasado tuvo una contracción de -0.3% (justo lo que esta columna había pronosticado), en lugar del -0.1% que se había estimado originalmente. Al corregir la base, el dato del primer trimestre de 2020 resultó un poco menos malo, pero igualmente marginal.

Con el dato del primer trimestre, se suman cuatro de contracción, en comparación anual. Parece poco, pero no es algo frecuente. Contando desde 1981, de los 160 trimestres hay nada más 29 que reportan contracción. Salvo un caso individual (septiembre 1988), los demás vienen en grupos, que llamamos recesiones. Del tercero de 1982 al fin de 1983, seis trimestres de caída. Luego, del primero de 1986 al primero de 1987, cinco. La gran crisis que todos recuerdan, de 1995, se llevó los cuatro trimestres de ese año. Después vienen dos crisis importadas: la de 2001, que también nos deja cuatro trimestres negativos, y la de 2008-2009, que inicia en el cuarto de 2008 e incluye todo el 2009: cinco trimestres.

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Con esa información, es muy claro que estamos en la peor crisis de la historia reciente. Ya se cumplen cuatro trimestres de caída, del segundo de 2019 al primero de 2020, sin ninguna razón externa para ello. Con lo que sabemos, es seguro que el segundo y el tercer trimestre de este año, al menos, tendrán un comportamiento negativo en comparación anual. Esta columna considera muy probable que ese desempeño continúe en el cuarto trimestre de 2020, y tal vez el primero de 2021, pero no especulemos. Basta con los dos trimestres inmediatos para romper récord en términos de duración.

Es decir, al menos tendremos seis trimestres de contracción, algo que sólo es comparable con la peor crisis de la historia reciente, la de 1982-1983. Sin embargo, la profundidad será considerablemente mayor, como nos lo ha señalado la balanza comercial del mes de abril, con la caída más pronunciada en exportaciones, y una de las más fuertes en importaciones, como ayer mismo lo comentamos.

El señor Presidente ha ido cambiando de tónica frente a la crisis. Primero dijo que no había problema, y era cosa de abrazarnos. Después, que el golpe nos caía como “anillo al dedo”. El fin de semana pasado se lamentaba de qué lástima que nos cayó la pandemia, tan bien que íbamos. No tengo interés en abundar en la mitomanía del señor, ni en su intención de confundir al respetable, pero sí me preocupa que el golpe económico es el más serio en mucho tiempo, y frente a él no hay medidas serias de parte del gobierno.

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Ya Coneval ha alertado acerca del impacto que tendrá la crisis en la pobreza; ya muchos de nosotros, técnicos, académicos, opinadores, hemos propuesto medidas que coinciden mucho, sin que el gobierno haga caso alguno. El Centro de Estudios Económicos y Sociales, que dirige Miguel Székely, uno de los más respetados estudiosos en temas de pobreza y desarrollo en México, estima que la crisis incrementará en seis millones el número de personas en pobreza, y otro tanto en pobreza extrema, doce millones de mexicanos.

Sin embargo, eso podría evitarse con medidas tan simples como posponer cuotas de seguridad social, transferir ingreso a personas que trabajan por cuenta propia, ampliar reparto social. Székely estima que el costo de esas medidas ascendería a 159 mil millones de pesos. No sé si usted recuerda que nos quejamos aquí de las transferencias a Pemex por 162 mil millones.

En pocas palabras: estamos en la crisis económica más duradera y profunda de la historia, y el gobierno ha decidido sacrificar doce millones de mexicanos en el altar de Pemex. Ayúdeme a entender cómo es que esto merece aplausos.