El estrecho de Ormuz es un estrecho o brazo de mar, como le llamaban los antiguos, angosto entre el golfo de Omán, localizado al sudeste, y el golfo Pérsico, al sudoeste. En la costa norte se localiza Irán y en la costa sur el exclave omaní de Musandam. Se encuentra en la salida del golfo Pérsico y, por lo tanto, casi el 20 % del petróleo del mundo y aproximadamente el 35 % comercializado por mar pasa por ahí. Como complemento, aproximadamente 15 millones de barriles al día de crudo pasan por el estrecho y otros 5 millones de barriles al día de productos petrolíferos: 20% del consumo global de líquidos de petróleo.
Otro dato importante: el estrecho, de apenas 34 kilómetros de ancho en su punto más ajustado, es la puerta de salida del 30% del comercio global y el 20% de gas natural licuado, según la Agencia Internacional de Energía. Eso lo convierte en el principal cuello de botella de hidrocarburos del mundo y en una ruta de abastecimiento indispensable, además de insustituible, para Europa y sobre todo Asia, que es el destino de hasta el 70% del petróleo que cruza Ormuz.

Consciente de su importancia, Teherán ha vuelto a activar la baza de cierre del estrecho tras su encontronazo con Israel. La capacidad de Irán para hacerlo parece intacta, y es muy útil como elemento disuasorio. El régimen está bajo presión, ha perdido el dominio del aire interno y tiene opciones convencionales limitadas.
Si el paso queda bloqueado, la producción de Kuwait, Baréin y Catar y gran parte de la de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos no tendría forma de alcanzar los mercados internacionales. Ese escenario sería catastrófico para el sector. A medida que la posición estratégica de Irán se debilita, aumenta el potencial de error de cálculo.
Los riesgos para todas las partes son sustanciales. Suponiendo que los Estados Unidos se sumen al ataque e Irán cerrase el estrecho, en primer momento ello presionaría a EEUU e Israel para que pusieran fin al conflicto. Los propios aliados de los EEUU serían los primeros en presionar para una resolución pronta. Ello, además, traería una condena internacional a Irán y podría dañar sus relaciones con China, que importa gran parte de su petróleo a través del Estrecho. Israel y EEUU pueden responder aumentando la intensidad de los ataques. Es un escenario que, de momento, no puede descartarse.
La industria petrolera ha visto durante mucho tiempo las amenazas iraníes al estrecho de Ormuz como un riesgo geopolítico clave. En 2011, las proyecciones económicas del probable impacto de las sanciones repentinas en las exportaciones de petróleo iraní bastaron para que el estado islámico reculase y ya no fue necesario que el Congreso norteamericano presionara por medidas más duras. ¿Puede darse esa situación? Es difícil, pero no imposible. El mercado sigue siendo sensible a las noticias de Irán y el precio del crudo Brent aumentó un 7% durante la noche tras los ataques de Israel. Será uno de los factores centrales.

Ampliemos la mirada: el conflicto entre Israel e Irán pone de relieve el creciente riesgo de agravar las crisis que afectan al mercado petrolero. Con Irán y Rusia, dos grandes productores de petróleo, en conflicto abierto, los piratas hutíes interrumpiendo el transporte marítimo en el Mar Rojo, el Canal de Panamá expuesto a riesgos meteorológicos y con los productores de petróleo más pequeños luchando por atraer inversiones, hay un mayor potencial de volatilidad y choques. Las sacudidas futuras podrían ser más frecuentes y más difíciles de mitigar. La pregunta, vuelve a ser: ¿estamos preparados para un petróleo caro?



