De los niños armados a los niños sin medicinas

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Desde cualquier punto de vista, lo que está sucediendo en Chilapa, en la Montaña de Guerrero, es inadmisible. Cuando la sociedad aún está conmovida por el caso de Torreón, un grupo de supuestos autodefensas (en realidad, un grupo criminal ligado al cártel de Los Rojos enfrentado con el de Los Ardillos) no tiene mejor idea que armar a niños de entre 5 y 15 años para sacrificarlos ante los sicarios de los cárteles rivales. Es un acto criminal que debe ser castigado por las autoridades, mismas que uno se pregunta cuánto más van a esperar para intervenir en esa zona del estado de Guerrero, literalmente abandonada a su suerte o, mejor dicho, a la suerte de los grupos criminales.

¿Qué estamos haciendo con nuestros niños? Si la salud de una sociedad se mide por la forma en que trata a sus niños, a sus hijos y nietos, la nuestra los está tratando de forma brutal: los incorporamos a grupos del sicariato, les dejamos armas a su disposición, el nivel educativo es lamentable, no les proporcionamos ninguna red de protección, no les damos medicinas para tratar sus enfermedades, las agresiones sexuales quedan impunes. Ésta es la generación que estamos creando y, en buena medida, destruyendo.

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Las imágenes de los niños armados en Chilapa, Guerrero, es sencillamente terrible, equiparable a la de los grupos terroristas internacionales que entrenan niños para cometer atentados. Pero el tema va más allá, estamos hablando de grupos de supuesta autodefensa que, en realidad, son, como en Michoacán, parte de la disputa entre distintos grupos criminales. Según las fuentes de inteligencia federal, la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Pueblos Fundadores (CRAC-PF) es un membrete relacionado íntimamente con organizaciones guerrilleras de la región y, sobre todo, con el cártel de Los Rojos. A esa organización pertenece, por cierto, la senadora Nestora Salgado, que, incomprensiblemente, pasó de estar acusada de un secuestro múltiple a ser parte de la bancada oficialista en la Cámara alta.

Las autoridades lo saben, conocen las relaciones y la capacidad de operación de estos grupos y es incomprensible que no se opere para erradicarlos y regresarle a la gente de la montaña un poco de paz. Pero será difícil que ello ocurra cuando a esos hombres y mujeres, los más pobres entre los pobres, ni siquiera les está llegando el apoyo básico de fertilizantes para mantener su agricultura de subsistencia. En la región ya hay indicios de hambruna y no pasa nada.

Pero no sólo se puede exhibir violando leyes nacionales e internacionales a los niños armados, sino que también los despojamos de sus medicinas para tratar enfermedades catastróficas. Confieso que no entiendo cómo el desabasto de medicamentos se puede tratar de combatir inhabilitando empresas farmacéuticas o comprando en el extranjero medicamentos que se podrían conseguir en el país. Mucho menos cómo se hace la maroma mediática para terminar culpando del desabasto a los directores de los hospitales de especialidades, acusados, sin prueba alguna, de no abastecer las medicinas. Es una barbaridad en toda la línea: el desabasto de medicinas, más allá de que pueda o no haber manejos corruptos en alguna empresa o algún funcionario, se debe a la improvisación y el mal manejo que han tenido las autoridades federales. Y es algo de lo que se está advirtiendo desde mayo del año pasado y no han hecho nada por solucionarlo.

Que el Presidente haya decidido no recibir a los padres de los niños con cáncer que no tienen medicinas para sus tratamientos es igual de grave que el que no haya recibido a los integrantes de la caravana de víctimas que encabezan Javier Sicilia y los LeBarón. Es incomprensible que el Presidente diga que no los recibe para no “prestarse al show”. Las caravanas que encabeza Sicilia se han encontrado con los presidentes Calderón y Peña y siempre lo han hecho en un contexto de reclamo, pero de respeto. Y aunque no fuera así, son familias de víctimas que merecen ser recibidas.

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No se puede entender que se insista en un discurso de apoyo a los pobres y que se ignore, en partes iguales, a quienes no reciben atención médica para sus hijos o quienes exigen, un reclamo básico, justicia para sus deudos. Y que, además, se termine calificando ese reclamo como un show, cuando venimos del año más violento de la historia del país.

Hay demasiada impunidad, faltan medicamentos por imprevisión oficial, se amenaza con investigar y castigar a los médicos de especialidades que no pueden aplicar los tratamientos porque el Estado no compra las medicinas que necesitan y que son irremplazables. Y no terminamos de escandalizarnos. Algo estamos haciendo muy mal.