CUANDO EL VALOR DE LA FAMILIA ES LA VIOLENCIA

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Se dice que la familia es la organización más importante de una sociedad. El Consejo Nacional de Población (Conapo, 2012), la define como: “un ámbito primordial de desarrollo de cualquier ser humano en donde construye su identidad, autoestima y formas de convivencia social elementales. Además de ser una institución fundamental para la educación y el fomento de los valores humanos esenciales que se transmiten de generación en generación”.

La madre tiene como función la de proporcionar los cuidados elementales al recién nacido como el alimento, cobijo y contención del bebé. Por su parte el padre tiene la función de establecer y hacer cumplir las normas, y ambos padres son los encargados de transmitir a los hijos las creencias y los valores familiares, sociales y culturales.

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Pero ¿qué sucede con los descendientes de una familia cuyos valores que se desarrollan y transmiten son esencialmente la violencia ?

Los adultos —padres o cuidadores de los niños —-, son los encargados de ejercer un control sobre las emociones de los menores, de tal manera que se impida que la agresión del niño vaya demasiado lejos; mediante el ejercicio de una autoridad confiable, dentro de cuyos límites es posible actuar y disfrutar cierto grado de agresión (Winnicott 2013).

Una forma de expresión saludable de la agresión es el que el niño realiza mediante el juego en donde puede patear una pelota o jugar a la guerra con sus juguetes sin provocarse daño a sí mismo ni a los demás.

Pero cuando el menor se desarrolla dentro de un medio donde la violencia se vive cada día como en el caso en donde alguno de los padres ejerce la violencia intrafamiliar, ya sea contra la pareja o incluso en contra de él, el menor tendrá que buscar formas de protegerse.

Una manera es identificándose con el agresor —-el padre que ejerce la violencia—-, en donde el menor corre el peligro de desbordarse en una actividad excesiva de actuación de la violencia cometiendo múltiples fechorías en todo lugar donde se para: su casa, la escuela, la convivencia con los amigos.

Para Winnicott (2003), la conducta antisocial, en muchos de los casos es un llamado de “auxilio” por parte del niño que busca el control de las partes agresivas de su personalidad y que sabe que dicho control, sólo lo pueden ejercer personas fuertes, cariñosas y seguras; que desearía fueran sus padres.

Cuando el niño fracasa en esta búsqueda, lo invade un sentimiento de desesperanza, en donde ya nada tiene sentido y no hay un lugar que lo contenga.

Si los padres no son capaces de escuchar este grito de auxilio por parte de su hijo, estarán formado hijos violentos, o hijos delincuentes o arriesgando al menor a la posibilidad del suicidio.