Primera gran derrota, primera

Especial
-Publicidad-

Así Donald Trump bloquee Freedom Plaza, donde el sábado marcharon sus seguidores que protestan contra “el fraude”, Joe Biden tomará posesión como presidente de Estados Unidos el 20 de enero, porque ganó por más de cinco millones de votos populares, y 306 contra 232 votos electorales.

No hay vuelta de hoja. Es una gran noticia para el mundo.

-Publicidad-

En los últimos cuatro años casi todas las elecciones importantes fueron ganadas por candidatos que abanderaron la discordia y la polarización.

El verbo de la discordia se había convertido en la llave de acceso al poder.

Para seguir en la presidencia, era necesario mantener encendida la llama de la crispación y del encono.

Ahí está la importancia del triunfo de Joe Biden. Rompió la cadena.

El éxito de los populistas ha estado en manipular las emociones de la gente, en especial de las clases medias menos informadas.

Días antes de los comicios, en un centro de votación anticipada, le pregunté a un joven por qué había votado: “lo hice porque quiero un cambio, el Covid está fuera de control y me preocupa el medio ambiente”.

-Con eso ya me dijiste por quién fue tu voto-, le comenté

-Yes. Trump twenty-twenty-, contestó ufano.

Mucha gente no vota por lo que piensa, sino por lo que siente.

Biden ganó en los 477 condados que representan el 70 por ciento de la economía de Estados Unidos. Esto es, triunfó ahí donde a las personas les ha ido bien.

Y Trump ganó en los dos mil 497 condados que representan sólo el 30 por ciento de la economía del país. Es decir, donde a la gente le fue mal en estos cuatro años, de acuerdo con un estudio de StratoDem Analytics, citado ayer por The Washington Post.

¿Cómo pudo Trump alcanzar una votación alta, especialmente en los lugares más golpeados por su mala administración?

Lo hizo porque logró provocar emociones, como han hecho los populistas que han alcanzado el poder.

Y esas emociones las han encendido a través de la diseminación de la discordia.

Ya en el poder, su quehacer cotidiano se concentra en prolongar la discordia y mantener latentes las emociones.

Por eso Trump hizo verdaderas cruzadas contra periodistas, medios de comunicación, científicos, médicos prestigiados, gobernadores, congresistas, opositores, ex presidentes, artistas, deportistas, miembros de su equipo de colaboradores a los que despidió, contra los migrantes, los musulmanes, las farmacéuticas…

Eso mantuvo siempre en guardia a sus seguidores. Había una lucha contra “el mal” que se estaba librando en Estados Unidos.

Todo aquello que Trump no podía controlar y someter, entraba en la lista de sus enemigos.

Con la manipulación de las emociones de una amplia franja de la población, Donald Trump tuvo una votación superior a la de hace cuatro años.

Doscientos treinta mil muertos por Covid y su negativa a una nueva inyección de apoyos económicos para atenuar los efectos de la pandemia, no fueron suficientes para dejarlo sin palabras después de la derrota.

El 79 por ciento de los que votaron por Trump le creen sus fantasías del fraude (The Economist), sin exigir una sola prueba.

Ante un juez de Pensilvania, el abogado de Trump (Goldstein) admitió que no podía hablar de fraude.

-¿Está alegando usted que hubo fraude?, le preguntó el juez.

– Hasta donde yo sé, no- respondió (to my knowledge at present, no”).

Todo el despacho de abogados de Trump en ese estado clave presentó su renuncia.

La Agencia de Seguridad e Infraestructura Cibernética (CISA, gubernamental), emitió un comunicado que sepultó la argumentación del presidente:

“Fueron las elecciones más seguras de la historia de Estados Unidos… No hay evidencia de que algún sistema de votación haya sido eliminado o perdido votos, haya cambiado votos ni que haya sido comprometido de alguna manera”.

El comunicado de CISA se emitió luego de que el presidente Trump dijo que “un sistema de máquinas” eliminó 2.7 millones de votos para él.

Cristopher Kreb, director de CISA, que depende del Departamento de Seguridad Nacional, dijo a Reuters que esperaba su remoción de un momento a otro.

Trump está liquidado en esta elección. Los liderazgos basados en la discordia tienen su ciclo. Acaban. Salvo que se les permita rehacerse.

Hay quienes dicen que seguirá el “trumpismo sin Trump”. Tal vez se equivoquen. Todo dependerá del presidente Biden.

Si Biden le perdona a Trump su boicot a la democracia y el sabotaje a las elecciones, habrá trumpismo con Trump. Será candidato presidencial por tercera vez, en 2024.

“Para ser idolatrado por la masa es necesario haber sido mártir”, dice Stefan Zweig en Castellio contra Calvino. Y Trump habrá sido un mártir, sobreviviente de un “fraude electoral”.

Salvo que -como dice Zweig refiriéndose a Calvino-, Biden entienda que un personaje como Trump “jamás modificará una palabra esencial, sobre todo si es suya. No retrocederá ni un paso y nunca saldrá al encuentro de nadie. A un hombre semejante sólo se le puede hacer pedazos. O ser hecho pedazos por él”.