Estrategia fallida

Especial
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El día de ayer se anunció que habrá que mantener muy limitada la actividad por algunas semanas más. Se propuso la fecha del 31 de mayo como fin de la cuarentena, aunque se sugirió que dos semanas antes, el 17 de mayo, podrían reactivarse lugares con cero casos, que me imagino determinarán próximamente.

Todo indica que hemos hecho mal las cosas. La sociedad empezó a disminuir el contacto prácticamente alrededor del fin de semana largo de mediados de marzo. El Tec de Monterrey anunció el jueves 12 que se movería a instrumentos remotos para no tener clases presenciales. Otras universidades lo hicieron ese mismo fin de semana, o durante la siguiente. Hacia el final de la misma, la SEP anunció que habría dos semanas sin actividad, que recuerdo fueron anunciadas como vacaciones adelantadas. Para el 23 de marzo hizo su aparición “Susana Distancia”, pero no hubo una declaración clara del gobierno con respecto a mantenernos aislados.

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Más aún, el Presidente siguió insistiendo en no limitar las relaciones, y siguió haciendo giras. El domingo 29 de marzo incluso fue a saludar, de mano, a la madre del Chapo, en la misma gira en la que descalificó los generadores eléctricos de viento en La Rumorosa. Así, aunque en las conferencias vespertinas de la Secretaría de Salud se hacían tímidos llamados a la cuarentena, en las mañaneras se descalificaba la “estrategia”.

Entrecomillo la palabra porque no creo posible desarrollar un plan de trabajo cuando uno no tiene información confiable, y me parece que ésa ha sido una falla muy relevante. Desde febrero estaba claro que habría problemas globales con el coronavirus. Sin embargo, los líderes populistas en Occidente fueron todos omisos. Por eso se tuvo el estallido de casos en Italia y España a inicios de marzo, y menos de un mes después en Estados Unidos. Durante todo ese tiempo, México no hizo absolutamente nada: ni conseguir pruebas o equipo de protección para el personal de salud, ni fortalecer la infraestructura hospitalaria. Se nos ha dicho que se siguió un programa de vigilancia llamado “centinela”, centrado en identificar casos y vigilar su entorno. No parece haber funcionado.

El problema es que no sabemos, con alguna certeza, el tamaño del contagio. El Dr. López-Gatell ha confundido a todos con su factor 8.2, que no tiene ningún sentido, ni tiene nada que ver con el problema de medición. No tenemos idea de cuántos casos hay ni de cuántas personas mueren por coronavirus. Y no lo sabemos porque no se realizan pruebas suficientes. Es claro que ningún país del mundo está pudiendo medir a todos, pero la penetración de la medición es muy claramente superior a la que tenemos en México. Este martes, por ejemplo, las pruebas aplicadas en México fueron la mitad de las aplicadas en Chile, diez veces menos que las aplicadas en Perú, y cien veces menos que las aplicadas en Estados Unidos (ourworldindata.org).

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Tal vez por eso el muy extraño brote de “infecciones respiratorias agudas” del mes de marzo, cuando tuvimos 400 mil casos más de lo esperado, se quedó ahí, sin explicación alguna. Tal vez por eso vamos a tener que estar más de ocho semanas en nuestras casas, a diferencia de lo que ocurre en Alemania, o lo que antes pasó en Corea, que pudieron recuperar sus actividades, paulatinamente, en mucho menos tiempo.

Entiendo que López Obrador produce en sus seguidores una devoción casi religiosa, y que algo similar parece ocurrir ahora con el subsecretario López-Gatell, pero la realidad no depende de esas devociones. La realidad se mide, para poderla enfrentar y aprovechar. Las mediciones económicas, que sí tenemos, ya nos mostraban una estrategia fallida; los pocos datos sanitarios nos están mostrando otra.