Cuidar la investidura

Especial
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        Tiempos terribles en que hay que defender lo obvio

                Bertolt Brecht

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Cuenta la mitología griega que, después de distribuir las virtudes entre los hombres, procurando hacerlos complementarios en la diversidad, los enviados de Zeus le consultaron cómo repartir la justicia y el pudor. El dios les respondió: “Entre todos y que todos participen de ellas, porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerán en mi nombre esta ley: ‘Que todo aquel que sea incapaz de participar del pudor y la justicia sea eliminado como una peste de la ciudad’”.

La deteriorada reputación del político radica en que se ha perdido el pudor, que implica honor, vergüenza, dignidad. Vivir con pudor es tener autoestima y cuidar el nombre. Con la mayor impudicia se actúa sin importar la opinión del ciudadano.

Refiero lo anterior porque precisamente al pudor aludía don Adolfo Ruiz Cortines cuando exclamaba: “Perdón, investidura”. Con ello manifestaba el respeto que le merecía el cargo y su deber de cuidar la institución.

Me parece que el presidente López Obrador entendió equivocadamente la conocida expresión, al argumentar que por cuidar la investidura no recibía a quienes marcharon (Julián LeBarón y Javier Sicilia) en contra de la violencia. En este caso, se está protegiendo a sí mismo, evitando la confrontación con ciudadanos que no comparten sus medidas para disminuir la delincuencia y le reclaman el incumplimiento de sus promesas de campaña.

Con todo respeto, como suele decirse, cada vez es más evidente el deterioro de la autoridad presidencial. Ruiz Cortines era un hombre conservador. Percibía, como su primer deber, cuidar la estabilidad, la gobernabilidad, la ley y el buen uso de los recursos públicos. En contraste, no recuerdo otro sexenio en que, en tan breve tiempo, se haya degradado tanto el sostén más importante de nuestro sistema político.

Todo funcionario público debe tener un esmerado cuidado con las palabras, sobre todo si se ocupa la posición más encumbrada de la jerarquía burocrática. Es asombrosa la indolencia, frivolidad e irresponsabilidad con la que López Obrador habla todos los días, por varias horas. Con frecuencia cae en el desdén y el desprecio. Con sus palabras y actitud, ha perdido credibilidad, sembrado encono y sumado adversarios. Cuando le faltan argumentos para defender alguna cuestionada decisión, como la extinción del Seguro Popular, se escabulle diciendo: “No voy a polemizar”. Escudándose en encuestas que reflejan su popularidad, su perseverancia para no escuchar y corregir lo que la realidad le está indicando que está mal, linda en la necedad. Al aislar al país en plena era de la globalización y competencia, nos va a dañar a la actual generación y a las próximas. Tal vez lo más patético sea la sumisión de sus subalternos. A pesar de saber que su gobierno está mal, ni por asomo se atreven a contradecirlo. Triste, la falta de pudor se contagia.

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Un gobernante no debe darse el lujo de improvisar, ni de caer en ocurrencias. La ironía es peligrosa. El respeto al adversario es de vital importancia, el poder está revestido, además de cierto protocolo y ritual del que ahora también ha sido despojado. En resumen, lo que caracteriza al actual gobierno es el total descuido a la investidura y el deterioro de la vida institucional. Exactamente lo contrario del gobierno de Ruiz Cortines: ortodoxo y tradicional.

Me parece que “llueve sobre mojado” al insistirle al primer mandatario, al igual que buena parte de editorialistas, que haga una pausa y reflexione. Es por el bien de México y su persona.

Leí la nota aclaratoria de José Ángel Gurría sobre mi artículo de la semana pasada. Afirma que en la confrontación verbal relatada por un servidor, no utilizó palabras altisonantes. Después de 21 años del evento, las diferentes versiones expresadas son tema banal. Le reitero mi admiración y gratitud y, si de algo sirve, me retracto. Seguramente lo soñé.