La pregunta del título tiene su truco. Fue realizada por el diplomático Isidro Fabela en el marco de la agresión italiana a Abisinia. Su exclamación se basó en la defensa del derecho internacional y la no intervención, según las instrucciones que el presidente Lázaro Cárdenas le había dado. Al lanzarla, Fabela puso de manifiesto la incapacidad de la Sociedad de evitar agresiones entre un país rico y uno pobre, pero lleno de recursos.
Por supuesto, el mundo de Fabela es distinto a este: la Sociedad ya no existe y dio paso las Naciones Unidas. Pero si echamos un vistazo al contexto internacional, veremos que la pregunta no sólo es pertinente, sino que tiene una vigencia importante. Al igual que en el siglo XX, la sociedad de Naciones no pudo impedir la entrada de las potencias del Eje en la Guerra Civil Española; hoy en día, la ONU es incapaz de evitar el apoyo de Estados Unidos a la política de destrucción, desalojo y posible genocidio de Israel en Palestina. Al igual que no se impidió la agresión italiana, las Naciones Unidas se muestran incapaces de parar la agresión rusa a Ucrania.
El 80º aniversario de las Naciones Unidas, entonces, se presenta marcado por esa vieja pregunta. ¿Sirve ésta institución? Y si lo hace, ¿a quién? La respuesta es que es un mecanismo bajo el control de las grandes potencias. En un mundo marcado por guerras persistentes, crisis y desigualdades crecientes es implícito preguntarse si sigue siendo relevante o está nada más de adorno y cronista. ¿Puede adaptarse a los desafíos del siglo XXI? Estas son las preguntas centrales que María Cristina Rosas, reconocida académica mexicana, aborda en su libro 80 años de la ONU: ¿Qué debe cambiar?
En primer lugar, hay que debatir sobre la reforma del Consejo de Seguridad: el veto perpetuo de las potencias (EEUU, Rusia, China, Francia y Reino Unido) es un mecanismo anacrónico que bloquea acciones en crisis humanitarias. El diálogo es la única arma posible y no puede debatirse sobre al seguridad planetaria son incorporar voces del Sur Global como India, Brasil o México, para reflejar el multipolarismo actual. Es decir, para que la ONU y su Consejo de Seguridad sirvan y cumplan su función deben fomentar una expansión inclusiva. Lo demás, como decían en la antigua Castilla, es verso libre.
Otro gran cambio en la ONU tiene que ver con el desarrollo y la desigualdad. Vivimos un mundo donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco. La ONU ha fallado en integrar el desarrollo sostenible en su agenda de seguridad, citando la Agenda 2030 como un avance, pero en términos prácticos es insuficiente sin el financiamiento de los países ricos del Norte. El mejor ejemplo de estas disparidades la podemos encontrar en la respuesta al cambio climático.
Por si estos dos puntos no fueran del todo suficientes para pensar en un cambio en la Organización, la ONU debe poner énfasis en la innovación digital y la participación de la sociedad civil. Particularmente, el siglo XXI ha traído problemas con el entorno digital (léase la ciberseuridad y la inteligencia artificial). En ese sentido, la Iniciativa ONU80, lanzada por el Secretario General, el portugués António Guterres, para modernizar la organización mediante reducción de burocracia y realineamiento de mandatos, parece sólo cosmética. Para que la ONU sirva de algo el cambio debe ser profundo, mediando en conflictos híbridos y previniendo catástrofes globales.
El debate, para los analistas, tampoco es nuevo. En ese sentido cabría el reproche de que algunas de las sugerencias de reforma —como limitar el veto o crear un Consejo de la Tierra para temas ambientales— ya han sido aboradadas desde hace tiempo. ¿Cómo dotar de brío y voluntad a estas ideas? Quizá, para ello, hay que profundizar más en escenarios disruptivos (qué pasaría si EEUU se retiraa de la Organización, como ya lo ha hecho en algunos componentes del sistema), pero sobre todo también ver que las carencias de la ONU son las fortalezas de otras organizaciones, como el auge de bloques alternos como BRICS. Aun así, esto no resta valor a la pregunta que lanzó Fabela. Es más, la indignación ante un mar de conflictos y sufrimiento, ofrece una base sólida para el debate. Ojalá lo abordemos con altura de miras, creatividad y urgencia.



