La Cumbre de Tianjin

La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada los días 30 y 31 de agosto en Tianjin, China, ha marcado un hito en la consolidación de un bloque geopolítico que desafía el unipolarismo occidental. Con mirar los asistentes ya tenemos toda una declaración: Xi Jinping (líder de China), Narendra Modi (India) y Vladimir Putin (presidente de Rusia). Esos personajes trasladaron un mensaje, no únicamente de su relevancia en un mundo fragmentado, sino de la importancia de un camino claro para la cooperación en un escenario global marcado por tensiones económicas y de seguridad. Quizá también otro: no es necesario hablar sobre democracia para comerciar. Hay quien dice que estas conclusiones no son meras declaraciones retóricas, sino herramientas concretas para construir un futuro donde el Sur Global gane voz propia. Pero lo que si es verdad es que la cumbre definió un camino a seguir hasta 2035. A saber:

 

  • La aprobación de una Estrategia de Desarrollo para 2026-2035 establece el tono para el crecimiento organizacional, enfocándose en áreas clave como la economía, la seguridad y la innovación tecnológica. Esta visión a largo plazo es, en mi opinión, un acierto estratégico: en un mundo donde las alianzas como la OTAN parecen obsoletas ante conflictos híbridos, la OCS prioriza la estabilidad interna de Eurasia, un bloque que representa más del 40% de la población mundial y un tercio del PIB global.
  • Otro punto crucial es la Declaración de Tianjin, que defiende los resultados victoriosos de la Segunda Guerra Mundial y apoya firmemente el sistema multilateral de comercio. En un contexto donde potencias occidentales cuestionan el legado de la posguerra, esta postura es un recordatorio necesario de los principios fundacionales de la ONU. Además, se inauguraron cuatro nuevos centros de la OCS: para contrarrestar amenazas a la seguridad, combatir el crimen organizado transnacional, mejorar la ciberseguridad y fortalecer la cooperación antidrogas. Estos mecanismos prácticos demuestran que la OCS no es solo un foro diplomático, sino una entidad operativa que aborda desafíos reales, como el narcotráfico afgano o las ciberamenazas rusas y chinas.
  • Quizá el avance más ambicioso sea la decisión de crear un Banco de Desarrollo de la OCS, destinado a impulsar la infraestructura, el desarrollo económico y social en los países miembros. China, como anfitriona, se comprometió a aportar 2.000 millones de yuanes en ayuda gratuita este año y 10.000 millones en préstamos para los próximos tres. Esto, a mi juicio, representa un golpe directo al dominio del dólar estadounidense y al Banco Mundial, instituciones que han sido criticadas por su sesgo pro-occidental. Al reducir la dependencia de financiamientos condicionados por agendas geopolíticas, la OCS fomenta una integración económica genuina, similar a lo que ha logrado la Iniciativa de la Franja y la Ruta, pero ahora con un marco institucional propio.
  • La cumbre también impulsó nuevas plataformas de cooperación en energía, industria verde, economía digital, inteligencia artificial e innovación tecnológica, con planes de acción específicos.
  • El compromiso con la IA, por ejemplo, enfatiza el derecho igualitario de todos los países a desarrollarla, lo que contrasta con las restricciones exportadas por EE.UU. a través de sus aliados.

 

En un gesto simbólico, la reunión de Xi, Modi y Putin —tomados de la mano en una foto icónica— proyecta a China como un socio alternativo al Occidente, especialmente en medio de las tensiones fronterizas entre India y China, donde se prometió resolver disputas para ser “socios, no rivales”. Esto, de momento, es esperanzador: gestos como este pueden desescalar conflictos regionales, pero lanzan el mensaje de que China está al pendiente de aquello que sucede en Asia.

 

Pero no todo es idílico. La ampliación de la OCS, fusionando estados observadores y socios en una “familia de 27 naciones” —incluyendo a Laos como nuevo socio— podría diluir la cohesión interna. Países como India mantienen reservas sobre la influencia china, pues entre ellos está la cuestión de Nepal y, sobre todo, la ocupación del Tibet. Además, la presencia de Rusia, envuelta en su conflicto ucraniano, añade complejidades a múltiples países de Asia, principalmente a aquellos que tienen población de origen ruso.

 

Sin embargo, estos desafíos refuerzan la idea de que es necesario un contrapeso en el ámbito regional e internacional, promoviendo un multilateralismo que prioriza la cooperación sobre la confrontación. ¿Esto es una oportunidad imperdible de reequilibrar el tablero geopolítico o meramente un intento de China para ganar áreas de influencia? El tiempo lo dirá.