CUANDO LOS PUEBLOS SE EQUIVOCAN

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La voz del pueblo es la voz de Dios, dice la sentencia, dando a entender que las decisiones de la mayoría, implican una conciencia superior, dada la aquiescencia colectiva en cuanto a algún tema determinado.

Esto por lo general, aplica para casi todos los aspectos de nuestra vida. No obstante, es preciso puntualizar, que en lo que concierne al ámbito político, el asunto presenta sus asegunes.

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Porque cuando los pueblos se equivocan y eligen como representante o mandatario a una persona incapaz de cumplir a cabalidad con el encargo conferido, se presentan muchos problemas, principalmente que no se lleva el rumbo adecuado, ni se toman las mejores decisiones y como consecuencia, se cometen toda clase de errores.

Esto plantea un dilema interesante: ¿qué hacer cuando los pueblos se equivocan?, ¿cuándo después de un tiempo se percatan que se equivocaron y eligieron mal?, ¿qué se puede hacer para corregir el desaguisado y rectificar el rumbo?

El sistema republicano tiene como bases generalmente la representatividad y la división de poderes. Esto es que los ciudadanos eligen a quienes los han de representar, realizando las tareas de gobierno, que para este efecto, dividen en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.

El legislativo es el que se encarga de determinar el marco legal en que deberá desenvolverse el país, el ejecutivo, quien se encargue de llevar a cabo todas las decisiones que sean pertinentes de acuerdo a la normatividad y el judicial, el encargado de vigilar que el derecho impere, protegiendo o sancionando, según corresponda.

De conformidad con esto, si el ejecutivo no lleva el rumbo que la nación entendió que debía tomar, las leyes poseen los mecanismos para obligarlo a rectificar. Si esto no funcionare, queda el recurso de optar por otras alternativas a la hora de elegir representantes en las cámaras y equilibrar de este modo, el ejercicio del poder.

Queda también el recurso de apostar al tiempo y al natural desgaste que gobernar implica, toda vez que nadie es eterno y en un país democrático nadie puede perpetuarse en el poder y sobre todo, a sabiendas que no hay funcionario que en el ejercicio de su encargo, pueda dejar satisfecho a todo mundo. Apostar pues, a que termine el periodo de encargo, es siempre una posibilidad.

Queda también en los casos que la ley lo establece, la posibilidad de aplicar la revocación de mandato, que es un mecanismo que hace saber a los servidores públicos, que el pueblo decide retirarles la confianza que les confirió para el desempeño de sus funciones, por infinidad de motivos y circunstancias. Este mecanismo, cuando puede utilizarse, es de notable utilidad en la vida de las naciones.

Y por supuesto, cuando el gobernante se obstina en permanecer y conservar el poder a toda costa, queda el derecho de resistir por la fuerza y del mismo modo deponer al tirano. No solo los principios generales del derecho, sino la ciencia política y hasta la teología autorizan a hacerlo.

Lo que no se vale en modo alguno, al menos desde el punto de vista de la moral, un concepto que es evidente que muchos políticos desconocen, es valerse de medios indignos, que fomenten la Inconformidad, a base de enfrentar a la gente y lastimarla. No se vale nunca dañar al pueblo, para tratar de obtener ganancias políticas.

Recuerde usted todo esto, si acaso está a disgusto con alguno de sus representantes populares, su alcalde, su gobernador e incluso su presidente. La política no debe ser arena para vindicar afrentas personales, ni para la consecución de venganzas, sino para procurar el bienestar general. Aprendamos de los ingleses donde quienes discrepan del gobierno en funciones, son llamados la leal oposición de su majestad.

Se vale oponerse, se vale disentir, pero con ingenio y creatividad y sobre todo, sin dañar a la patria (grande o chica). Recordemos siempre esto último. Porque México me mueve, yo no apoyo al nueve.

Dios, Patria y Libertad