Breves comentarios al Plan de Trump sobre Gaza

Para saber si habrá paz en Palestina, hay que analizar bien la propuesta del Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. En primer lugar, el plan es ambicioso en su objetivo: transformar Gaza de un enclave terrorista a una zona desradicalizada y próspera.

Para ello, es importante el alto el fuego inmediato, la liberación de rehenes israelíes a cambio de prisioneros palestinos, y la entrega de ayuda humanitaria sin interferencias. La paz no se puede negociar con hambruna y con estados de sitio permanentes. Se puede decir que, teniendo en cuenta lo delicado de la situación, estos elementos son innegablemente positivos: la liberación de 48 rehenes (20 vivos y restos de 28) por 250 prisioneros palestinos con cadena perpetua y 1,700 detenidos es un intercambio que podría salvar vidas y aliviar la crisis humanitaria que ha cobrado más de 67,000 muertes en Gaza. Pero es profundamente perturbador lo visto en los últimos días, donde el Ejército israelí, interceptó dicha ayuda en aguas internacionales.

 

El núcleo duro del plan radica en la desmilitarización y gobernanza de la Franja de Gaza. Se exige el desarme total de Hamás -un grupo terrorista- que justamente es responsable de comenzar las operaciones que han llevado al drama humanitario en Gaza-, la destrucción de infraestructuras militares y la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) para entrenar a una policía local palestina. Estos puntos, hay que decirlo, son ideas de mediadores como Qatar, Egipto y Turquía, pero el plan de Trump mantiene una presencia militar israelí hasta lograr estabilidad. Eso es profundamente desalentador. Al proponer un gobierno transitorio bajo un comité palestino tecnocrático supervisado por una Junta de la Paz (presidida por Trump, excluyendo a Hamás e, inicialmente, a la Autoridad Palestina) se aleja de un modelo que impulse la democracia liberal. Es algo que parece, más bien, sacado de los planes corporativos de Mar-A-Lago: se vislumbra a Gaza como una futura Riviera Francesa, en el Medio Oriente. Evidentemente, la opinión de los habitantes de Gaza no ha contado nada.

 

Y he aquí que el plan revela un sesgo pro-israelí que socava su equidad y lo hace prácticamente inviable. No exige rendición de cuentas por crímenes de guerra israelíes, investigados por la Corte Penal Internacional, ni aborda el bloqueo naval o los asentamientos ilegales de los colonos en Cisjordania. El desarme de Hamás es unilateral, pero al realidad nos habla de que quizá deba discutirse contrapartidas simétricas para Israel. Por contra, la retirada israelí es condicional y gradual, lo que permitiría a Israel, si así lo desea, mantener tropas indefinidamente. Hablar de neocolonialismo, entonces, no parece tan descabellado. El célebre Mustafa Barghouti lo ha clasificado como una gran decepción, pues ignora el derecho palestino a la autodeterminación y trata Gaza como un proyecto inmobiliario en lugar de lo que es: una Tierra Histórica.

 

La formación de la Junta de la Paz, bajo control estadounidense, con Tony Blair –un criminal de guerra a quién nadie estima– a la cabeza, evoca un protectorado colonial que la región ya ha dejado atrás. El plan, además, separa Gaza de Cisjordania, violando resoluciones de la ONU sobre la unidad territorial, y reduce la creación de un Estado Palestino a un camino condicional vago, ignorando el hecho de que ya varios países reconocieron la necesidad de que Palestina sea aceptada como miembro de pleno derecho en la comunidad internacional.

 

Poco más que decir sin repetirse. Este plan prioriza la seguridad israelí sobre la soberanía palestina, lo que podría alienar a facciones como la Yihad Islámica. ¿Fortalecerá el eje de resistencia iraní? No se sabe. Sin plazos firmes para la retirada israelí o sin tener en cuenta las reformas en la Autoridad Palestina, el plan corre el riesgo de convertirse en una ocupación perpetua, disfrazada de estabilización. Veremos.