¿Será Trump el Nixon del Siglo XXI?

La Otra Opinión |
11-05-2017 03:09 PM

La decisión de Donald Trump de despedir al director del FBI, James Comey, ilustra en toda su magnitud el tamaño de la amenaza para la democracia que Estados Unidos se echó encima al elegirlo como presidente.

Mucho se había hablado de sus políticas económicas regresivas, de su discurso xenófobo, e incluso de su antidemocrática intolerancia a la crítica por parte de los medios de comunicación. Pero el despido de Comey es una medida con tintes dictatoriales e incluso comparable con los múltiples intentos de disolver la Asamblea Nacional de Venezuela, llevados a cabo por Nicolás Maduro.

Y es que más allá de las ridículas excusas de Trump --quien se limitó a decir que Comey “perdió la confianza de Washington” y “no estaba haciendo bien su trabajo”--, todo apunta a que el mandatario cortó la cabeza del director del FBI porque --según reveló el New York Times-- éste pidió más fondos y más personal para investigar la presunta intervención de Rusia en las elecciones presidenciales para favorecer a Trump.

En Estados Unidos, el caso ya se compara con la actuación de Richard Nixon, quien en 1973 despidió a Archibald Cox, el fiscal especial que investigaba su relación con el Watergate. El escándalo terminó con la dimisión de Nixon.

Ahora, la decisión de destituir a Comey ha convertido a Trump en blanco de críticas, sobre todo por parte de los demócratas, quienes exigen que se designe a un fiscal especial para investigar los vínculos con Rusia que Trump habría tratado de ocultar destituyendo a Comey.

La pregunta que pone en duda la credibilidad de Trump y la estabilidad de su gobierno es: ¿Qué tan comprometedora es la información que podría haber encontrado James Comey en su investigación para que el presidente haya preferido aguantar el escándalo y las críticas por despedirlo?

Por desgracia y a pesar del escándalo parece que el desplante dictatorial de Trump podría no llegar a tener las mismas consecuencias que en el caso Nixon. Los republicanos parecen protegerlo de la posibilidad de un juicio político, rechazan la propuesta de designar un fiscal especial para investigar el caso de Rusia, y lo más probable es que el próximo director del FBI --designado por Trump-- no vaya a fondo en las investigaciones.

Así, el despido de James Comey pone al descubierto una falencia en el sistema de frenos y contrapesos de la democracia estadounidense. Tan aplaudido por haber frenado  la disparatada idea de Trump de construir un muro en la frontera --gracias a la oposición del Congreso--, el sistema flaqueó en la investigación sobre la intromisión rusa en las campañas porque el presidente Trump --uno de los implicados-- es el jefe directo del encargado de investigarlo.

Por eso, el despido de James Comey es un llamado de atención para México. En el Congreso de la Unión está atorada una reforma para darle autonomía al próximo Fiscal General, impidiendo que sea el presidente quien lo designe. Y los partidos nada más no le dan cauce. Deberían apurarse, ahora que está latente la posibilidad de que en 2018 triunfe alguien igual o más autoritario que Trump.

 

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