La violencia de los “malos” y “desequilibrados”

Jorge Fernández Menéndez |
07-11-2017 07:34 AM

Sutherlands Springs es un pueblo a una hora de San Antonio, una comunidad de apenas 625 habitantes, donde lo que se enseña en las escuelas es el creacionismo, no la teoría de la evolución, y donde la gente va los domingos a misa, a un pequeño templo que constituye el punto de reunión de la mayoría de la población. El domingo, Davin Kelley, de 26 años, armado con un poderoso fusil de asalto, llegó al templo en plena celebración disparando a diestra y siniestra contra todos. De los 50 feligreses, unos 26 murieron en el acto y otros 20 quedaron gravemente heridos: niños, mujeres embarazadas y ancianos.

El asesino era un exsoldado que fue dado de baja de forma deshonrosa en el 2012. Desde entonces daba clases, o se ofrecía a hacerlo, en las escuelas religiosas de la zona. Compró el fusil de asalto que usó en la masacre y las otras dos armas que portaba en el automóvil en el que trató de huir, en una de las miles de armerías de la frontera. No tuvo que sortear para ello ningún control, pese a que había sido primero encarcelado y luego dado de baja del Ejército por sus actos de violencia contra su esposa e hija y por estar perturbado mentalmente, según su expediente. Ese día había discutido con su suegra y como ella solía ir al templo los domingos, decidió matarla a ella y a todos los demás. La suegra no sufrió daño alguno, ese día no fue a la ceremonia.

En Las Vegas, para muchos la ciudad del pecado, hace apenas un mes, el primero de octubre pasado, miles de personas asisten al cierre de un famoso festival de música country al aire libre. Poco después de las 10 de la noche, durante la actuación del cantante Jason Aldean, un tirador solitario comenzó a disparar contra la multitud desde una habitación en el piso 32 del Mandalay Bay: dejó un saldo de 59 muertos y 527 heridos. El asesino, Stephen Paddock, era un contador estadunidense, retirado, rico, con avioneta y yate propios, apostador, de 64 años. Tenía en su poder decenas de armas de alto calibre, varias de ellas las usó en la masacre. Las compró legalmente, varias unas pocas semanas antes de la masacre. A nadie le pareció extraño que un jubilado se dedicara a acumular fusiles de asalto. Tampoco había forma de saberlo, no hay control
alguno en Nevada sobre la venta de armas.

Se calcula que en Estados Unidos mueren cada año unas 35 mil personas por disparos de armas de fuego, lo que equivale a unos 95 asesinados al día, y otras 222 personas son heridas diariamente por disparos. Este año ha habido unos 50 mil incidentes armados en ese país. Se estima que hay unas nueve armas por cada diez habitantes (nadie tiene una cifra oficial) o sea 310 millones de armas para 321 millones de habitantes (según datos del 2012). En 2013, en Estados Unidos hubo 36 homicidios con arma de fuego por cada millón de habitantes. En Canadá fueron 4.9 por cada millón de habitantes y en Reino Unido, 0.93 por cada millón.

Para el presidente Trump, la masacre de Las Vegas fue, simplemente, “un acto de pura maldad”, nada tuvo que ver con las armas. Ahora, ante la masacre en Texas, Trump aseguró que “es un poco pronto (para saber las causas del crimen), pero está claro que nos encontramos ante un problema de salud mental de alto nivel. Tenemos muchos problemas de salud mental en nuestro país(...). Es algo que hay que abordar de manera seria, pero no es un problema de armas”. Fue más lejos “afortunadamente, agregó, alguien más portaba un arma que apuntaba en la dirección opuesta, si no hubiera sido mucho peor”, haciendo referencia a que un vecino armado respondió con disparos al agresor tras el ataque.

Seguramente, lo de Las Vegas puede ser un acto de “pura maldad” (nunca se ha sabido cuál fue el móvil de Paddock) y, sin duda, Kelley era un “enfermo mental”, pero es una estupidez decir que las masacres no tienen nada que ver con las armas. Las armas en manos de personajes de una “maldad pura” y de desequilibrados mentales son las que provocan estas tragedias. Lo mínimo que hay que hacer, ya que Estados Unidos sigue aferrado a seguir vendiendo armas como si fueran pasteles, es evitar que las armas lleguen a las manos de los malos o los desequilibrados. Y para eso alcanzaría con un simple control de antecedentes y de normas básicas. Tampoco tiene sentido permitir que se vendan fusiles de asalto a cualquiera: nadie caza ciervos con un fusil de asalto ni defiende con ellos su hogar de un asaltante nocturno.

De la misma forma en que en México la responsabilidad de la interminable ola de violencia que hemos tenido desde 2004 se debe en muy buena medida a la venta indiscriminada de armas de asalto y de todo tipo que llegan libremente a los narcotraficantes mexicanos desde Estados Unidos, la ola de violencia y muerte que sufre ese país está determinada por las armas que sin control llegan a las manos de sus propios terroristas, sus “malos” o “desequilibrados”.

 

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